Miles de luces se ensamblan con una música de epopeya a lo largo de un muro curvo

Miles de luces se ensamblan con una música de epopeya a lo largo de un muro curvo. Es necesario reiterar, son miles. Apenas al entrar parece que se está ante lo que será un partido de liga profesional; los ánimos y la afluencia indican que el evento no es menor. Los coros revientan en lo que después se descubrirá un “Jiāyóu, Guangzhou” –una expresión que en su polisemia se puede resumir en “¡vamos!”, “¡ánimo!” o “¡fuerza!”, Guangzhou.
Rápidamente se puede identificar que aquí los rojos mandan. Apenas en una franja se quedan los de amarillo como visitantes. Las porras no dejan de retumbar como si se tuviera enfrente a una de las más aguerridas barras. Y da inicio el torneo que, antes de dar paso a los jugadores del balompié, abre con un desfile de dragones, bailarines y botargas de delfines, que son la mascota oficial.
La situación tiene dos formas de leerse. La primera es el recinto, un estadio histórico casi tan antiguo como la República Popular China; y la segunda es esa convocatoria de miles a animar el juego de una liga amateur en un país donde la popularidad del futbol ha crecido como nunca, pero cuya selección nacional masculina ocupa el lugar 94 en el ranking de la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación).