La hipocresía que se derrumba sola, un movimiento y sus lujos

El caso de Josefina Rodríguez Zamora se suma a una larga lista de funcionarios que exhiben el mismo contraste entre el discurso de austeridad republicana y una realidad que ellos mismos terminan por exponer.
Lo criticable en el caso de Josefina Rodríguez Zamora no es el lujo que exhibe. Tampoco es que pretenda engañarnos asegurando que no tiene lujos ni que los oculte borrando elementos de imágenes editadas que circulan en redes sociales. Lo verdaderamente cuestionable es que se trata de una muestra más de cómo se nos pretende engañar de manera general, no solamente ella sino todo el movimiento político que una y otra vez acumula casos en los cuales el despilfarro, la ostentación y el exhibicionismo terminan por colocarse por encima del discurso que pretende legitimar una austeridad republicana enarbolada como bandera de quienes hoy gobiernan México.
El caso de la actual secretaria de Turismo se suma a esa lista de derroches y lujos exhibidos por quienes perciben ingresos muy superiores al promedio de los mexicanos mientras sostienen un discurso que asegura vivir en la medianía. Ahí está lo realmente criticable. No la existencia del lujo, sino la hipocresía con la que se pretende hacer creer que se vive como cualquier mortal que no ocupa un puesto federal ni proviene de familias que pudieron ofrecerle una cuna acomodada, sino que construye su patrimonio con el trabajo diario.
Lo cuestionable es que pretendan sostener ese discurso cuando los hechos, una y otra vez, ellos mismos se encargan de derrumbarlo.
Dentro de ese patrón general se inscribe el caso específico de Josefina Rodríguez Zamora. Nadie debería sorprenderse de que provenga de una familia próspera de Huamantla dedicada a la ganadería y la restaurantería Ese origen no constituye en sí mismo una falta.
Durante su paso por el patronato de Tlaxcala allá por 2021 y en una comparecencia posterior ante el Congreso del estado se le cuestionó sobre el acceso que había otorgado a empresas de sus familiares. Ella respondió que no podía dejar de ser empresaria y que no iba a negar lo que prácticamente describió como la cruz que le tocó cargar, pues consideraba que ser empresaria y ser funcionaria pública no tendrían por qué estar contrapuestos.
El problema no está en esa declaración ni en el origen familiar. Está en la contradicción de fondo que representa su caso y que se suma a una lista donde el despilfarro convive incómodamente con las consignas de austeridad que ese mismo movimiento utilizó para dividir al país entre quienes las adoptaron como identidad con el famoso “primero los pobres” y quienes las cuestionaron.
Lo más criticable no es que Josefina Rodríguez Zamora tenga lo que tiene sino que ese contraste vuelva a repetirse como parte de un patrón que el propio movimiento no termina de resolver, pero que insisten en repetirnos.