Desde hace mucho tiempo la participación ciudadana ha constituido elemento importante en la vida política de un país, la cual parte de una premisa; dicha participación debe ser activa e informada. Nos referimos a lo anterior debido a que la actividad de grupos civiles se ve acotada por la escasa oportunidad de participación formal, pareciera que todo se resuelve al ir a votar en las elecciones, ello representa una participación sumamente limitada.
No cabe duda que las preocupaciones de las sociedades se han transformado radicalmente, sobre todo después de la segunda mitad del siglo XX; la desconfianza y el desacuerdo se traduce en manifestarse públicamente, posteriormente somos testigos del surgimiento de organizaciones que le dan forma a la participación de ciudadanos. La presencia de estas organizaciones crece e intensifica sus acciones, ante la desconfianza e insatisfacción del actuar de los gobiernos.
La insatisfacción con la toma de decisiones de funcionarios electos y nombrados oficialmente se refleja también en las demandas por el establecimiento de formas o unidades intermedias de organización vecinal o comunitaria; la incapacidad de los órganos establecidos para responder a las necesidades de grupos sociales resulta indispensable crear mecanismos para sanear la vida política.
Los beneficios que podemos obtener de la democracia participativa debíamos buscarlos en un contexto donde nos muestra que las acciones de gobierno inciden en la vida de los ciudadanos; vivimos los mexicanos en un mundo de instituciones, programas y acciones que no necesariamente nos beneficia, ni resuelve problemas considerandos como serios y graves.
Como consecuencia de lo anterior, también los ciudadanos podemos aportar y sugerir en la planeación y ejecución de proyectos y programas, la participación de los ciudadanos puede tener una utilidad trascedente y el costo puede valer la pena.
El balance de promover la corresponsabilidad de la ciudadanía necesariamente nos lleva a contar con un valor fundamental en las acciones de los gobiernos, ya que cuando se implementan tienen la posibilidad de recibirse adecuadamente y con buena disposición.
El valor de la democracia participativa es alto, además de abrir la comunicación entre gobernantes y gobernados, resulta necesario reconsiderar el papel más activo de la ciudadanía, no podemos continuar con la idea que la elección de representantes y autoridades sea suficiente, precisamos ir más allá, de lo contrario estamos ante una crisis de la democracia que nos llevará a convirtirnos en súbditos de una élite política, como ya lo experimentamos en estos tiempos.
En el siglo XIX ya se señalaba los riesgos de la no participación ciudadana en los Estados Unidos, expresado por Paul L. Ford en los siguientes términos: “Todos los gobiernos que existen sobre la tierra muestran vestigios de la debilidad humana, semillas de corrupción y degeneración, que los astutos sabrán descubrir, la perversidad insensiblemente abierta, crece y se perfecciona. Cualquier gobierno degenera cuando se confía solamente a sus gobernantes. Por lo tanto, el pueblo mismo es su único depositario seguro. Y para mantenerlo seguro, sus mentes deben mejorarse en cierta medida.”
Para concluir, resulta fundamental pensar que la participación ciudadana no debe restringirse a la elección de autoridades y representantes, también es posible darle seguimiento a través de la participación ciudadana en temas nodales, los cuales nos afectan positiva o negativamente. Una consulta no se gana o se pierde, ni fracasa, el pasado primero de agosto vivimos una experiencia que será una lección que nos permita avanzar en este tema de la participación, una consulta no es una elección, no se gana ni se pierde, es una contribución para que los ciudadanos nos involucremos en la toma de decisiones de nuestra vida en comunidad.
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