La sociedad que le toca vivir a Miguel Hidalgo es profundamente religiosa y el poder político de la Iglesia Católica es realmente inmenso. Podemos resumir el contexto de 1810 como un sistema de justicia que debía pasar, en casos trascendentes y para preservar la estabilidad del virreinato, por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, desde un inicio la situación de los insurgentes fue muy compleja. Y nos atrevemos a señalar que el movimiento encabezado por Hidalgo tuvo dos grandes momentos en ese corto periodo, que va de septiembre de 1810 a julio de 1811; el primer momento tenía la idea de guardar la Corona a Fernando VII, arrebatada por los “herejes franceses”, con ello pretendía restablecer el sistema monárquico; hacia inicios de diciembre lanza la abolición de la esclavitud, cambiando ideológicamente y, su perspectiva, transita hacia el radicalismo independentista, quizás influido por las noticias llegadas tanto de Francia como de las 13 colonias norteamericanas, además de ser testigo de la vida en otras regiones de la Nueva España.
De acuerdo al edicto dictado por Abad y Queipo, en octubre de ese 1810, consideramos que es hondamente enjuiciador de la insurgencia y, en particular, del actuar del padre de la patria, se le hace responsable de los crímenes del ejército que encabeza. La postura virreinal es dejar sin apoyo popular a los jefes insurgentes, absolviendo a quienes lo apoyan y condenando a los responsables.
Desde la aparición de un tercer edicto, el 8 de octubre de 1810, obliga a cambiar el rumbo de la rebelión y transita hacia una postura independentista, lo cual era inaceptable para el gobierno virreinal, sobre todo porque con el actuar de Hidalgo se iba a concretar el llamado a la abolición de la esclavitud. Por ello, consideramos que los jefes de la insurgencia estaban condenados a muerte desde finales de octubre de ese año, todo el proceso de juicio solamente fue para dar formalidad y justificar su ejecución, sobre todo la del cura Hidalgo, quien aún se le consideraba como parte de la Iglesia.
Los jefes insurgentes sabían hacia el final de 1810 su condena a muerte, sobre todo cuando son apresados en marzo de 1811. En un manifiesto firmado por Miguel Hidalgo el 18 de mayo de 1811, señala su postura frente a los acontecimientos y, a dos meses de su fusilamiento, da muestra de pesar y quizás cavilar en la posibilidad de nunca haber iniciado la guerra, contemplar el daño causado. Este documento en nada tiene la intención de minimizar el movimiento insurgente y menos la importancia de Hidalgo, solamente deseamos mostrar al ser humano, frente al momento más difícil de su vida. Demos paso a un fragmento de dicho documento, no sin señalar que respetamos en buena medida la escritura de la época:
“¿Quien dará agua a mi cabeza, y fuentes de lagrimas a mis ojos? Quien pudiera vertir por todos los poros de mi cuerpo la sangre que circula por sus venas, no solo para llorar día y noche por los que han fallecido de mi pueblo, sino para bendecir las interminables misericordias del Señor: Mis clamores debían de exceder a los que dio Jeremías instruido del mismo Dios; para que levantando a manera de clarín sonoro la voz anunciara al Pueblo sus delitos; y con sentimientos tan penetrantes debía convocar al orbe entero, á que vieran si hay dolor, que se iguale a mi dolor; mas hai¡ de mi¡ que no puedo espirar ablando y desengañando al mundo mismo de los errores que cometí: mis días con que dolor lo profiero¡ pasaron veloces; mis pensamientos se disiparon, casi en su nacimineto; y tienen mi corazón en un tormento insoportable; la noche de las tinieblas que me cegaban, se há convertido en luminoso día, y en medio de mis justas prisiones, me presentan como Antioco tan perfectamente los males que he ocasionado á la America; que el sueño se há retirado de mis ojos, y mi arrepentimiento me ha postrado en una cama.
Aquí veo muy lejos el aparato de mi sacrificio; exalo á cada momento una porción de mi alma, y me siento morir de dolor de mis excesos, mil veces antes que poder morir una sola véz; distante no mas de un paso del Tribunal Divino; no puedo menos que confesar con los necios de la sabiduría luego erramos, y hemos andado por caminos difíciles, que en nada nos han aprovechado.
Veo al Juez Supremo que ha escrito contra mi causas que me llenan de amargura, y que quiere consumirme á un por solos los pecados de mui juventud: cual será pues mi sorpresa? Quando veo los inumerables que hé cometido como cabeza de la insurrección. Há¡ America¡ Querida patria mia¡ Ha Americanos mis compatriotas¡ Europeos mis progenitores¡ Y sobre todo insurgentes mis sequaces¡ Compadeceos de mi.
Yo veo la destrucción de este suelo que he ocasionado, la ruina de los caudales que se han perdido, la infinidad de viudas y huérfanos, que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad, se ha vertido: y lo que no puedo decir, sin desfallecer, la multitud de almas, que por seguirme estarán en los Abismos…
Te podría interesar...