
Se sabía que la designación de Ana Lilia Rivera como Defensora de la Transformación en Tlaxcala, y con ello virtual candidata de Morena a la gubernatura, traería acomodos en el mapa político. Lo que no se esperaba es que su postura, en los hechos, no estuviera ayudando a la operación cicatriz que se veía venir desde el arranque del proceso, sin importar quién resultara designado. Ana Lilia se muestra cerrada y sin señales de dar concesiones.
Trasciendió, según quienes están cerca de ella, que a la senadora con licencia no le gustó nada que Alfonso Sánchez García no apareciera a su lado durante el evento en el que la dirigencia nacional de Morena anunció su designación. Por esa razón, hasta ahora se ha mostrado cerrada al diálogo con el grupo de los alfonsistas.
Esos mismos alfonsistas, por cierto, dejaron correr este fin de semana en redes, de manera más abierta, la posibilidad de tomar otro rumbo. Las siglas que suenan hasta el momento son las del PT, el PAC y el RSP, sin que nada se haya oficializado.
También han comenzado a surgir críticas hacia la cerrazón de la senadora. En el ánimo de ganar, y de ser institucional, como ella misma lo ha presumido e incluso lo demostró en años anteriores, cuando no logró la designación y la favorecida fue Lorena Cuéllar, se esperaría que ahora mostrara madurez política para sumar y capacidad de unificar a las distintas fuerzas del partido. Sin embargo, trasciende que mantiene una postura de cerrazón que nada abona a la operación cicatriz.
Nadie niega que Ana Lilia tiene peso y experiencia. Pero si algo se le ha criticado es su carácter bronco y cerrado, que pudo servirle cuando fue oposición y buscaba espacios políticos, pero que ahora, buscando el gobierno, deberá domar.
Veremos qué pasa en los próximos meses: si Morena termina dividido, como se anticipaba desde hace tiempo, o si tiene la capacidad de sostener la operación cicatriz y no repetir los errores del PRI.
¡Al tiempo!
Te podría interesar...