
En política, hay movimientos que parecen audaces y otros que simplemente son oportunos. El de Raymundo Vázquez Conchas —Ray, para los cuates— pertenece a la segunda categoría.
La jugada no es nueva ni original: apostar al desgaste del gobierno estatal, en este caso el de su excuñada Lorena Cuéllar Cisneros, para ganar visibilidad y lograr lo que en el argot popular se llama meter hilo para sacar hebra. El objetivo, insertarse en el equipo de la senadora Ana Lilia Rivera y posicionarse como el crítico, el detractor, la voz disidente frente a un gobierno que ya carga con su propio peso.
El cálculo es frío y comprensible. En Tlaxcala, como en cualquier entidad, la oposición fácil siempre tiene mercado. Basta con señalar, cuestionar y distanciarse para construir una narrativa alternativa. El problema es la coherencia.
Porque Ray no dijo nada, o casi nada, cuando formaba parte de ese mismo grupo de poder. El silencio cómplice de entonces contrasta con la voz crítica de ahora. Y esa distancia entre el ayer y el hoy es, precisamente, donde se mide la autenticidad de un político.
¿Aspiraciones a la gubernatura? Todos las tienen. Nadie discute que cualquier figura pública pueda mirar hacia arriba. Es legítimo soñar y es legítimo construir. Pero de las aspiraciones a las posibilidades reales hay un trecho que no se salva solo con cambiar de bando en el momento oportuno. Y menos cuando nadie, con toda seriedad, lo veía como un contendiente real por la silla grande de Tlaxcala.
Al final, la pregunta no es si Ray Vázquez quiere más. La pregunta es si Tlaxcala tiene razones para creerle.
Usted dirá.
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